BLOG DE ANA M. BRIONGOS


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11.2.18

Afganistán, el reino perdido. Memorias de un príncipe afgano.The Lost Kingdom. Memoir of an Afghan Prince.








Acabo de leer las memorias recién aparecidas del que se firma H.R.H. Prince Ali Seraj of Afghanistan. Cuando supe, a través de Facebook, que Ali Seraj estaba escribiendo sus memorias estuve a la expectativa para ver qué contaba, pues sus memorias están ligadas a mis vivencias en Afganistán y sabía que algunos personajes de mi libro “Un invierno en Kandahar”, entre ellos él mismo, aparecerían en su libro. Yo había vivido durante un verano en su apartamento de Kabul,  lo había encontrado cada vez que viajaba a Afganistán, conocía a su novia americana que después ha sido su esposa y a su hermano Abdullah con quien todavía me escribo y a muchos de sus primos y primas, todos pertenecientes a la familia real.


La portada y la contraportada de The Lost Kingdom ya nos anticipan, junto con el título, de qué trata el libro. En la portada hay la foto del palacio del rey en sus épocas de esplendor y en la contraportada vemos el mismo palacio casi en ruinas, como está hoy en día. Ali cuenta cómo era Kabul en los años setenta cuando regentaba unos bares-discoteca de moda, cómo llegaron al poder los comunistas y, con ellos, la invasión soviética, cómo salió de su país y cómo siguió desde Estados Unidos los acontecimientos que iban ocurriendo en su tierra, la guerra civil, los talibanes y los atentados de las Torres Gemelas en New York con la consecuente intervención americana y la expulsión de los talibanes. En total veintitrés años fuera de su país. Después su regreso ya con el nuevo gobierno.

Para los que habéis leído “Un invierno en Kandahar” os sonará lo que voy a comentar. A los que no lo habéis leído quizá después de este escrito os entran ganas de leerlo.


Nueva edición en español de Laertes
Edición en inglés de Trotamundas Press


"Un invierno en Kandahar" es quizá mi libro preferido pues en él cuento el origen, hace 50 años (1968-2018), de mis andanzas por Afganistán, Irán e India y, en fin, de mi vida viajera. En la segunda parte que subtitulo “Canción de cuna para un aventurero muerto”, hay dos personajes principales, un francés, Pierre Descombes y un afgano, Fereidún. Los dos nombres son ficticios pero las personas existían de verdad. El francés se llamaba en realidad Gerard Lefevre y sobre él escribe Ali Seraj en sus memorias y la descripción que hace es totalmente distinta a la que hago yo. Fereidún era el amigo afgano de Gerard, que no sale en el libro de Ali con nombre pero sí como referencia.

Gerard, marcado desde su desdichada infancia en Lyon, era un personaje maldito, que llegó a Afganistán y allí desarrolló un desesperado deseo de hacerse rico y afgano, o afgano y rico, pero además quería llegar a ser respetado como afgano por los mismos afganos, cosa por otra parte harto difícil. Gerard era muy guapo y en el Afganistán cosmopolita de los años setenta, ser guapo era un punto a favor muy importante. Cuando llegó a Kabul ya hablaba, a parte de francés, inglés y español a la perfección y casi sin acento pues tenía una facilidad extraordinaria para las lenguas. En Kabul aprendió dari, variedad del persa que se habla en Afganistán, y lo hablaba tan bien, tan igual que los trabajadores del bazar, que sorprendía a los mismos afganos de la élite de la capital con los que él se codeaba y al lado de los que quería instalarse. Se convirtió al islam en una ceremonia cuya noticia apareció incluso en los periódicos y cambió su nombre de pila francés por Abdullah. Para prosperar en los negocios, no tenía recursos pero era muy trabajador, debía hacerlo asociado a un afgano, por ley. Y se asoció con Ali Seraj, el de las memorias, el príncipe Ali Seraj, que acababa de regresar a su país desde los EEUU donde había estudiado. 

HRM Prince Ali Seraj of Afghanistan
Ali llegaba pisando fuerte y era un hombre joven de gran envergadura y aspecto casi fiero. Quería abrir negocios modernos en un país tan atrasado como el suyo pero que tenían cabida y serían bien recibidos en Kabul por la burbuja de extranjeros de las embajadas, los militares norteamericanos, y la élite de afganos cultos y occidentalizados que se movía alrededor de la corte. Así se abrió el “Twenty five”, un bar de copas y restaurante con pista de baile donde acudía la flor y la nata de Kabul. Ali era el dueño que ejercía con su presencia y su pedigree como tal y Abdullah o Gerard era el currante, guapo, elegante y encantador y, mira por dónde, exótico entre la élite afgana.
Y no cuento más porque hay que leer el libro “Un invierno en Kandahar”, pero esta historia se acabó como el rosario de la aurora y lo cuento yo y lo cuenta Ali pero con versiones muy distintas. 


Rey Abdurrahman Khan 1880/1901
bisabuelo de Ali
Estamos hablando de un Afganistán a finales de los 60 y en los 70, en plena guerra fría, situado geográficamente en un lugar estratégico con frontera con la URSS y con China, Pakistán e Irán, donde se cocinaban estrategias entre los bloques. Decían que era un nido de espías y los afganos estaban obsesionados con los espías, veían espías por todas partes.



El abuelo de Ali, rey Habibullah Khan.
1901/1919
Para Ali Gerard fue simplemente un espía traidor al que hizo expulsar del país.

Para mí y para algunos afganos, entre ellos Fereidún, fue mucho más o mucho menos que eso. Fue un aventurero, eso sí lo fue. Un aventurero loco y desesperado que luchaba como un titán, solo, para conseguir su utopía personal. Jugó con fuego. Fue un buen amigo y lo demostró cuando hizo falta, y su historia personal fue extraordinaria y tremenda más allá de si en algún momento pudo meterse en líos de espías.

Gerard-Abdullah está muerto y Ali en el exilio, dorado, pero exilio. Y Afganistán es un país destrozado por la guerra donde se enriquecen los fabricantes de armas: Un reino perdido. A Lost Kingdom.


Las memorias de Ali Seraj son interesantes para aquellos que quieran saber cómo ha vivido los tremendos acontecimientos que han sacudido a su país un nieto y biznieto de reyes, poderoso y pagado de sí mismo y con pasaporte americano que pertenece a una élite culta y moderna cuyas mujeres, en los años 60 y 70 estudiaban, hablaban idiomas y no  iban cubiertas, en un país atrasado, patriarcal, muy conservador y religioso, de mujeres con burka.

20.11.15

La cocina persa









En casa acostumbro a preparar platos iraníes con recetas que he ido aprendiendo en Irán durante mis casi cincuenta años de relación con el país de los persas. Por eso a mi familia, los olores, los sabores y la presentación de los platos iraníes siempre les han sido familiares.

En Irán no existe una cultura de la restauración. Quizá últimamente con la apertura del país al turismo y la demanda de restaurantes que no sean los típicos cheló kababís (brochetas de carne acompañadas de arroz), empiezan a florecer locales que ofrecen platos variados. Esos platos variados y bien elaborados se encuentran en las cocinas de las casas que es donde se desarrolla la vida social. Los iraníes son acogedores y no es difícil poder entrar en sus hogares y probar las delicias culinarias de alguna familia. En realidad en Irán, quien para alimentarse dependa de los restaurantes no conocerá la diversidad y la sofisticación de la verdadera cocina autóctona.




En Irán, por ser un país musulmán, la carne debe ser halal, es decir de animales que han sido sacrificados como ordena el islam. Comer carne de cerdo no está permitido, esta carne es haram, contrario a halal. En los comercios venden embutidos pero son de pollo, cordero o ternera. Para los musulmanes chiítas duodecimanos, como son la mayoría de los iraníes, el pescado debe tener escamas para ser halal. Solamente los iraníes de la zona del Golfo Pérsico, que son sunitas, comen crustáceos. No se sirve alcohol en ninguna mesa, a menos que se trate de una familia occidentalizada. Tampoco se encuentra en los hoteles, ni en los restaurantes.

La caza es muy apreciada en el norte de Irán y se da por supuesto que el cazador rezó las oraciones prescritas cuando mató al animal y que lo degolló y desangró como es obligatorio.




Los suelos de las casas iraníes están cubiertos por hermosas alfombras y nunca se pisan con los zapatos por lo que hay que dejarlos en el rellano o a la entrada. En los hogares tradicionales el mantel o sofré se pone sobre las alfombras y se colocan encima los platos acompañados de cuchara y tenedor, nunca hay cuchillo pues las carnes estofadas muy tiernas se deshacen y el concepto de bistec a la plancha, que hay que cortar, no existe. Las bandejas con la comida se exponen todas a la vez sobre el sofré para que los comensales se sirvan.


Pan sangak, cocido sobre cantos rodados















En las mesas iraníes siempre hay pan caliente, queso blanco estilo feta, dugh (yogur, agua y menta), salad shirazí (ensalada con diferentes vegetales y aliñada), sabzé (yerbas frescas sin cortar ni aliñar), y torshí (confitados en vinagre), además de los platos principales, como estofados de carne, y arroz, decorado éste de diferentes maneras, con pistachos, azafrán, almendras fileteadas, zereshk, corteza de naranja finamente cortada y confitada.



El zereshk todavía en la rama

El zereshk adornando el arroz

La cocina tradicional iraní tiene algunos platos singulares que no se preparan en ningún otro país de Oriente Medio. Estos platos, unos dulces (shirín), y otros ácidos (torsh), son arroces y estofados de carne de cordero, ternera o pollo y vegetales (sabzé).




La comida iraní no es picante, no se usa la guindilla para cocinar.  El ajo sí se emplea, sobre todo en el norte donde lo preparan confitado en vinagre y adquiere con el tiempo una coloración negra, lo llaman “ajo centenario”. Para los kababs o pinchos, además de la sal y la pimienta, se usa el somagh, un polvo agridulce de color granate que se obtiene moliendo, una vez secos, unos pequeños frutos silvestres de color rojo. La lima seca y el jarabe de granada, rob e anar, se utilizan en los estofados. Las sopas se condimentan con zumo de limón. La cúrcuma, el azafrán, dan sabor y color y son compatibles en el mismo plato. También se emplean yerbas frescas o secas tales como el perejil, hierbabuena, cilantro, eneldo, albahaca, y otras que no son corrientes en nuestros mercados. Con berenjenas y kashk, una pasta blanca derivada de leche seca, se cocina un plato delicioso.


Kashk e bademjan, berenjenas con kashk, nueces y cebolla frita

El té es la bebida nacional de Irán y se da más valor al color y al aroma que al sabor. El té se toma con un terrón de azúcar entre los dientes y raramente se pone azúcar en la taza. El té es adictivo y hay quien llega a tomar cuarenta tazas al día.




La paradoja del caviar: Aunque el caviar auténtico procede de Irán, a los iraníes no les gusta y en ninguna mesa iraní hay caviar.




En Barcelona se pueden degustar platos iraníes en el restaurante persa de toda la vida, el “Rincón persa”, donde ofrecen una buena variedad de platos y lo hacen bien. También está “Sabor persa” que abrió sus puertas recientemente.

En Madrid  tengo noticias de “Sabor azafrán” que pienso visitar en mi próximo viaje a esa ciudad.

29.5.14

Surmeh, en Irán, el hollín para pintarse los ojos

 
Es viernes por la tarde, día semanal de fiesta en Irán, es como nuestro domingo. Con mi amiga Jamileh y su hija Sepideh, nos vamos a poner a preparar el surmeh para llenar los recipientes que hemos adquirido en el bazar. Los hemos comprado de madera pero también los hay preciosamente decorados por los miniaturistas sobre hueso de camello. Estamos en Isfahán, la hermosa ciudad iraní donde trabajan centenares de artesanos, cinceladores de metal, miniaturistas, anudadores de alfombras, estampadores de telas....
 
 
 
Sentadas sobre las alfombras del salón preparamos lo necesario: una bandeja, un bol de metal, almendras, avellanas, pistachos, una hoja de papel, una Gillette, una aguja y cerillas.
 
 
Jamileh pincha una almendra y la enciende con la cerilla.

 
Acerca la parte inferior del bol a la llama para que quede incrustado el hollín.

 
Sigue haciendo lo mismo con el resto de las almendras, las avellanas y los pistachos.

 
Después con una Gillette, rasca el hollín para que caiga sobre la hoja de papel.

 
 Y luego, con mucho cuidado hay que meter el hollín en el recipiente cuyo agujero es muy pequeño.

 
Ya está. Ahora solo falta pintarse los ojos y las cejas para que queden bien negros.

 
Cosmética ecológica limpia, estéril y barata pues con dos almendras, dos avellanas y dos pistachos llenas el recipiente y tienes para pintarte los ojos durante varios meses.


 
Aquí os presento algunos recipientes de surmeh de mi colección que ya llega a los cuarenta y que he ido trayendo de mis viajes a Irán.


 
Son de hueso de camello.

 
En la tienda de Persian Art Gallery de Masud Beheshtí y Reza Toughi, cerca de la gran plaza de Isfahán, tienen maravillas. Cuando voy a visitarlos lo hago sin prisas. como hay que hacer cuando viajas. Me siento, me ofrecen un té, se sientan conmigo y charlamos. Después admiro los recipientes de surmeh y las cajitas que exponen en las vitrinas. Alguna me llevaré, siempre compro alguna para mi colección.

 
Abren la caja fuerte y me enseñan las miniaturas carísimas que guardan en ella. Aunque mi presupuesto no alcanza para eso, me gusta admirarlas.
Isfahán me tiene fascinada.

1.5.14

Consejo para viajeras a Irán o el moño que aguanta el pañuelo

 
Las iraníes acostumbran a tener un pelo precioso, grueso y abundante. Y una, viéndolas de perfil con el pañuelo, piensa que éste esconde un estupendo moño o gran una cola de caballo. Pero no, se han puesto un CLIP, así se llama el moño artificial de tela de colores cosido a una pinza que se colocan en la parte posterior de la cabeza, y según lo arriba que lo llevan queda la cabeza apepinada en sentido horizontal o vertical. Este clip ayuda a que no se caiga el pañuelo y permite mantenerlo bien atrás para que se vea el flequillo e incluso los pendientes en algunas ocasiones.
 
 
 
Los venden en muchas tiendas y tienen varias medidas, desde los discretos del tamaño de una mandarina, hasta los más espectaculares gandes casi como un melón.


Yo me compré uno de color azul, como se puede ver en la foto de abajo y como llevo el pelo corto me tenía que recoger una colita con una goma para poder agarrar el clip y no resbalara.


Después me colocaba el pañuelo y , a correr mundo, sin preocuparme del deslizamiento del pañuelo y, además, sabiendo que mi perfil estaba a tono con el de las iraníes más actuales. Viajeras a Irán, compraros nada más llegar un CLIP, los veréis en muchas tiendas, los hay de todos los colores. Comprarlo bien coloreado, mejor si es fluorescente, total debajo del pañuelo no se va a ver y, cuando lleguéis al hotel y finalmente os podáis quitar el pañuelo pareceréis la mismísima Lola Flores con el floripondio. ¡Buen viaje! Con amor y buen humor.


10.3.14

Toni Catany, el fotógrafo, el viajero, la persona, el amigo.




En Dhaka, Bangladesh. Fotografía de Ana M. Briongos.


Hace ya unos meses que falleció el fotógrafo mallorquín Toni Catany, querido amigo y excelente compañero en viajes a Irán, India y Bangladesh. Hasta hoy no he podido distanciarme lo suficiente para escribir sobre él pues siempre pensaba que le estaba todavía hablando, aunque fuera por teléfono, para comentarle cosas que estaban sucediendo, con las que ambos cuchicheábamos y nos reíamos. Había complicidad entre nosotros. Catany era persona de complicidades. Tenía buenos amigos, gestionados en relaciones estancas, si acaso sabíamos los unos de los otros y quizá nos conocíamos de habernos visto algunas veces, en la inauguración de sus exposiciones, o cuando le entregaban un premio, pero no nos frecuentábamos. Estaban los amigos mallorquines, los amigos belgas, los amigos venezolanos, los amigos indios e iraníes, los amigos de cal Isidre y algunos más. 




Vivía solo en un principal espectacular de la calle Nou de la Rambla de Barcelona, un reducto testimonio de otros tiemposque había conservado con cuidado tal como lo encontró, con paredes forradas de seda, pinturas en el techo y cenefas doradas, espejos y columnas, suelos hidráulicos con preciosos dibujos y un patio grande en el interior de manzana, con palomar en el fondo de madera y diseño orientalizante, que él había convertido en un jardín cuidadamente descuidado con plantas escogidas con esmero para que, al florecer, lo llenaran de colores.



En Benarés con el fotógrafo Subhrajit Basu. Fotografía de Ana M Briongos.



Catany era persona tranquila y poco ruidosa, vivió discretamente y murió sin molestar igual que había hecho su madre. Nacido hijo único de una familia muy reducida, estaba acostumbrado desde pequeño a una tranquila soledad que le permitía observar con detenimiento las cosas pequeñas o los detalles mínimos de las grandes. Tenía una especial sensibilidad por lo decadente, por lo que queda tras la plenitud y la exuberancia e iba en busca de la esencia misma de las cosas. A mí me gustaban sus “cossiols”, fotografías de plantas míseras del jardín mallorquín que cultivaba su madre en cossis o pequeños cuencos reciclados, rotos y oxidados, como una lata de conserva , un orinal descascarillado, una taza sin asa, una botella descabezada o una piedra con agujero. De ellos salían plantas larguiruchas y raquíticas con pinchos y casi sin hojas que alguna vez incluso sacaban una flor, milagro de la naturaleza en época de sequía y de miseria, que tanto valdría para la rural Mallorca, como para un terrado del ensanche de Barcelona en la posguerra, para Asia, o para África. Sin embargo, en su seriedad y austeridadCatany tenía una faceta hedonista evidente, y una trastienda escondida de pillo transgresor sin maldad pero sí con algún “ja et fotaré”. Sus naturalezas muertas le hicieron famoso pero cuando se trataba de fotografiar personas, le gustaba la juventud, la plenitud, la tersura.



En Puri, Orissa, India. Fotografía de Ana M Briongos.


Era ordenado, meticuloso y tozudo. Disfrutaba con músicas de estilos muy diferentes y se entusiasmaba cuando descubría algún  músico o cantante desconocido de un lugar remoto. Su amiga del alma era la cantante Maria del Mar Bonetmallorquina como él. Me sorprendió descubrirle como excelente bailarín cuando en una boda en Delhi me sacó a bailar al son de una orquesta que tocaba bailables occidentales. Ante mi sorpresa, y no solo la mía sino también la de todos los que lo conocían, nos dijo que había aprendido a bailar de joven en las fiestas de su pueblo. Nunca más lo vi bailar y eso que asistimos a unas cuantas bodas hindúes.


En la boda de Subhrajit Basu y Ananya Dasgupta en Chittagong, Bangladesh. Fotografía de Ana M Briongos.




Nuestra amiga común María Luisa Rubio, casada con el iraní Behrooz, nos presentó y nos ofreció la posibilidad de acompañarla en su viaje de regreso a Irán después de años de ausencia. Aceptamos cada uno por nuestra parte el ofrecimiento y de aquel viaje, que también representaba para mí la vuelta a Irán después de mis tiempos en aquel país en época del Shah, tras la Revolución de Jomeini y la guerra con Irak, salió mi primer libro “Negro sobre negro”, con alguna foto de Toni Catany, una de ellas en la portada. A partir de aquel viaje hicimos más. 



En el siguiente fuimos a India con Luisa y Behrooz, mi marido Toni Alsina y los amigos indios Ravi y Vinu. Éstos se encargaron de preparar el viaje que se desarrolló en su primera etapa por Rajastán a bordo del exclusivo tren "Palace on Weels" y luego por el sur de la India navegando por los backwaters de Kerala, peregrinando al templo de Tirupati, o descansando en playas cercanas a Trivandrum. 

Después volvimos a la India como invitados a la boda del hijo de nuestros amigos y estuvimos muchos días a fiesta diaria. Esa fue la boda del baile. Otra vez recorrimos el norte indio por Daramsala y alrededores. En otra ocasión fue Bengala Occidental y Bangladesh. Después Orissa y Gujarat. Y un tiempo largo en la ciudad de Calcuta con escapadas a Benarés.



Fotografia tomada por el fotógrafo Kushal Gangopadhyay en el puerto de Chittagong, Bangladesh.



Toni Catany hablaba francés pero no inglés, ni una palabra, y en todos esos años de viajes por países angloparlantes no llegó a interesarse ni en aprenderse los números por lo que siempre ejercíamos de traductores. Pero él se relacionaba estupendamente con la gente de la calle. Catany era él y su cámara. De repente andaba observando y, sin alejarse nunca mucho, desaparecía entre un grupo de personas que se le acercaban curiosas, les hablaba como si pudieran entenderlo en su mallorquín de siempre y con signos los colocaba frente a una pared que había descubierto, siempre escogida por sus colores o sus texturas, y los fotografiaba. Todos contentos y la sesión fotogtáfica era una fiesta agradable y relajada. Caminaba, observaba, se paraba, se sentaba, miraba a los que pasaban , les miraba a los ojos, sonreía con esa cara afable de persona mayor de pelo blanco, y ya los tenía en el bolsillo. Sin ruido, sin invadir, sin palablas, conseguía una complicidad amable y divertida. Cuando volvíamos a casa o al hotel, él volcaba sus fotos en el disco duro y escribía en su cuaderno las notas del día con su letra perfectamente regular, pequeña y limpia. 

Hacíamos las mismas fotos porque yo también llevaba una cámara, aunque la mía era de esas automáticas pequeñas, y pasábamos por los mismos lugares. Pero al revisarlas al final del día, una por una, mi foto no era más que una instantánea de turista tomada sin ton ni son y la suya era algo distinto porque, además del encuadre y de muchas otras cosas que él debía calcular, en su foto pasaba un hombre vestido de un estupendo color azafrán. Cuando yo había hecho el click aquel hombre o había ya desaparecido o todavía estaba por llegar. Y, siempre, o era un hombre, o una mujer, o un perro o un pájaro o la vaca, o el carro, siempre ocurría algo en el momento en que Catany hacía el click.

Nuestra complicidad se basaba en la afición que ambos teníamos por las telas. Disfrutábamos visitando bazares y tiendas de tejidos. Sedas, lanas, algodones, tejidos o estampados, bordados o anudados. Metros de tela para luego mandar al sastre de la esquina y encargarle una camisa, o un pantalón, o un pijama. Pañuelos y chales, fundas de cojín, manteles y servilletas. Como en Mallorca son típicos los tejidos de "llengos", conocidos en Oriente como Ikat, a Catany le gustaba encontrar nuevos colores y diseños de este tipo de tejido. También le gustaban las miniaturas pero le costaba encontrar alguna a su gusto entre el montón de piezas de ínfima calidad que hoy en día ofrecen los anticuarios.

Con el tiempo nuestros amigos indios de Calcuta se hicieron sus amigos y lo respetaban y querían aunque se entendieran poco con palabras. Al principio la relación no era facil porque Catany actuaba como un hijo único mimado y se negaba a desayunar lo que le ofrecían, una estupenda tortilla picante rellena de cebolla, ajo y guindilla, y quería lo de siempre, café con leche acompañado de tostada con mantequilla y mermelada. Cosa imposible de encontrar en una casa particular de una ciudad de la India. Con el tiempo ellos se acostumbraban a sus caprichos y él bajaba sus expectativas y, gracias a su cámara fotográfica que ejercía de mediadora, era finalmente aceptado y hasta muy querido.

Ana M Briongos, Toni Alsina, Toni Catany y Falguni Bhat en Ahmedabad, Gujarat, India. Foto de Ana M Briongos.

Desde que un día vio una fotografía del conjunto de templos jainistas de Palitana, Catany suspiraba por ir a visitarlos, le parecía el lugar más hermoso y extraordinario del mundo. Se presentó la ocasión de viajar a Gujarat y recorrer ese Estado occidental de la India con nuestra amiga Falguni y su familia. Como Palitana estaba en el recorrido se lo dijimos y se apuntó ilusionado, su sueño por fin se cumpliría. (Ver la entrada sobre Palitana en este mismo blog). Resultó que para llegar a los templos había que subir cuatro mil escalones. Empezamos a subir antes del alba después de contratar porteadores para que llevaran a la madre de Falguni y a Catany que no se veían con fuerzas para subir. Cuando llegamos arriba ya estaba el sol en pleno apogeo y los recintos se iban llenando de peregrinos que subían a cientos. El lugar era espléndido. Decenas de templos blancos se erguían como las crestas de un dinosaurio enorme de mármol. Pasamos allí el día pensando que Catany estaría haciendo fotos como un loco y disfrutando ante el espectáculo que ofrecían los peregrinos jainistas entre tantos templos. Como había mucha gente no nos extrañó no haberlo encontrado en ningún momento. Para que no se nos hiciera de noche, a media tarde iniciamos la bajada. Cuando llegamos abajo  lo encontramos triste y derrotado. Perdido arriba entre la multitud, sin sus acompañantes de siempre, se había asustado. Buscó a los porteadores que le habían subido y les pidió que le bajaran. Abajo le cobraron una barbaridad y se sintió humillado y estafado. Desamparado tuvo que esperarnos solo en un lugar feo donde nadie le entendía. Fue su gran desiludión. Después dijo que los templos no eran lo que él había imaginado, que no tenían ningún interés, que eran todos de yeso. Estaba enfadado y despechado. Los que habíamos subido andando nos sentíamos culpables por no haberlo hecho al lado de los porteadores pero bastante trabajo teníamos sin perder el ritmo si queríamos cubrir el objetivo de los cuatro mil escalones. No se habló más de Palitana. Hasta que un día, pasado más de un año, nos regaló la foto más hermosa que yo haya jamás visto. Era una foto que había hecho en Palitana. No hubo palabras cuando nos la dio. No se habló de Palitana. Estaba allí. Y era hermosa. Se lo agradecimos emocionados.



La fotografía lleva una dedicatoria: "Per en Toni i l'Ana, companys de viatge, que feren pujant a peu, els 4000 escalons que possibilitaren contemplar aquesta vista de PALITANA un dia de desembre de 2009" (Para Toni y Ana, compañeros de viaje, que subieron a pie los 4000 escalones que posibilitaron la contemplación de esta vista de Palitana un día de diciembre de 2009). Hoy está colgada en el recibidor de nuestra casa como recuerdo de una hermosa amistad.

20.4.13

Viaje a Irán en Nowruz de 2013




Es la tercera vez que estoy en Irán durante las celebraciones del año nuevo, el Nowruz, que coincide con el equinoccio de primavera. El 20 de marzo de 2013 de nuestro calendario, empezó en Irán el primer mes del año, farvardin,  de 1392.

La primera vez fue en 1974, cuando estudiaba en la Universidad de Teherán y me alojaba en una residencia para chicas estudiantes. Llegó Nowruz con sus dos semanas de vacaciones y se vació la residencia y se vació la ciudad de Teherán. Y me quedé prácticamente sola en una ciudad desierta y en una residencia más desierta todavía. Mis compañeras, la mayoría procedentes de otras regiones del país, se fueron a pasar las fiestas con sus familias. Aunque algunas aprovecharon esos días de vacaciones para operarse la nariz pues la rinoplastia en Irán no es algo que se ha puesto de moda en los últimos años sino que lleva décadas practicándose de manera generalizada.
La segunda vez, ya después de la Revolución Islámica y terminada la larga guerra contra Irak, pasé el Nowruz con unos amigos iraníes en una casa de campo a orillas del mar Caspio, en medio de un paisaje de bosques y donde no paraba de llover. En la casa con mis amigos y toda su parentela, se jugaba a las cartas, se bebía vodka y se fumaba opio. Todo ello ilegal por supuesto.

Acabo de regresar de Irán y este ha sido mi tercer Nowruz aunque en el intervalo que va desde la primera vez que pisé suelo iranio en 1968 hasta el día de hoy haya viajado en múltiples ocasiones a lo que antes se conocía como Persia.

Viajar por Irán en Nowruz es algo extraño y yo en principio no lo aconsejaría pero a mí, que he estado en soledad contemplando las ruinas de Persépolis varias veces, por poner un ejemplo, me ha interesado muchísimo compartirlo con centenares de personas, todas iraníes. Y es que en Nowruz todos intentan salir a hacer turismo por su propio país. Cargan el coche con la alfombra, el sofré o mantel, el hornillo, la cazuela, la tetera, las mantas, los padres, los niños y los abuelos, y se lanzan a la carretera. Por la noche acampan donde les parece, en un parque público, al lado de la cuneta o en un parking. La tienda de campaña la compran en cualquier pueblo pues venden tiendas en todas partes. Todas son iguales con un solo espacio en forma de igloo apepinado y de tejido de nylon, lo que varía es el color. Las hay rosa fluorescente, verde limón, malva, azul cielo… No hay que montarlas. Se abre la cremallera del envoltorio circular que mantiene plano el artefacto como una rosquilla, y se despliega automáticamente quedando como una seta. Hay que ver los jardines de Irán transformados en un bosque de setas multicolores con centenares de personas disfrutando de unas vacaciones al aire libre y sin que les cueste ni un real el alojamiento, que por cierto, no podrían pagarlo. Y eso es posible porque desde chiquititos están acostumbrados a sentarse en el suelo y a dormir sobre alfombras a ras de suelo y lo que a nosotros nos parecería un suplicio, sobre todo a los mayores, a ellos no les cuesta nada, sentarse en el suelo, mantenerse en cuclillas y volver a levantarse.

Esta vez hemos compartido ciudades, carreteras, museos y monumentos con multitudes. Los iraníes acostumbran a ser amables, abiertos y acogedores. Todos éramos turistas, todos íbamos con nuestras cámaras y nuestros móviles haciendo fotos. Ellos se querían fotografiar con nosotros y nosotros estábamos encantados de fotografiarnos con ellos. Tenemos fotos con familias baluchis, kurdas, bajtiaris, azeríes allí llamados turcos, qashghais… tanta es la variedad de gentes y lenguas en un país llamado hoy en día Irán. Lo primero que te dicen es “wellcome to Iran” y luego te piden qué piensas de su país. Si la conversación se prolonga empiezan a criticar al clero que manda con mano dura y, sin nombrarlos, hacen un círculo con la mano sobre sus cabezas para referirse a los del turbante y levantan los hombros. Todos lo entendemos. También critican al actual presidente por su mala imagen. “Mírenos, nosotros no somos así”, dicen.

En Persepolis van en busca de sus antiguas raíces cuando los imperios persas dominaban una parte importante del mundo civilizado.  Y se compran, los más osados, un colgante con el símbolo alado del dios zoroastriano, Ahura Mazda, que lucirán después con orgullo.


En junio habrá elecciones a presidente de la República Islámica de Irán. El actual, Mahmud Ahmadinejad, ha cumplido con sus dos legislaturas permitidas y debe retirarse. ¿Quién se va a presentar? No se sabe. Un mes y medio antes de las elecciones nadie sabe quiénes serán los candidatos. Me ha sorprendido oír en bastantes ocasiones que se espera la aparición del Jatamí, el clérigo reformista, culto y elegante, que ya había sido presidente y en cuyo tiempo hubo una cierta apertura, tanto en el interior como en las relaciones internacionales. Pero parece ser que Jatamí pone una condición para presentarse: que sean liberados los dos candidatos a las anteriores elecciones. Karrubí y Musaví permanecen en arresto domiciliario desde hace dos años posteriormente a las grandes protestas populares que siguieron a las elecciones y que se conocieron como “movimiento verde”. ¿Serán liberados? Eso depende de si la República Islámica está seriamente acorralada debido al embargo económico a que está sometida por los EEUU y sus aliados y piensa que este es el momento de cambiar un poco de rumbo y poner al frente del gobierno a una persona menos radical y con una imagen impecable. Ya me imagino la foto: Obama dando la mano a Jatamí, los dos tan pulcros, amables y sonrientes. Sin embargo, la mano dura del régimen ¿lo permitirá?