BLOG DE ANA M. BRIONGOS


14.11.20

La Contracultura en Barcelona vivida por Ana M Briongos



Escribí este artículo en marzo de 2020 y salió publicado, en la revista "Política y prosa" de mayo.


Son las diez de la noche, quinto día de confinamiento por Covid19, veo en la televisión el documental Rolling Thunder: A Bob Dylan Story de Martin Scorsese (2019). El documental sigue una gira que hizo el cantante por los Estados Unidos en el año 75. Bob Dylan está en el escenario ante un público entusiasmado. La cara embadurnada de blanco, los ojos ennegrecidos con kool, en la cabeza un sombrero con un plumero de flores. Bob comienza a cantar "But it 's a hard rain ..." y de golpe siento en medio del silencio de una ciudad paralizada por la epidemia, un emocionante salto atrás en el tiempo. Una vuelta a la psicodelia, la transgresión, a la ilusión, a la juventud, a la rabia, a la imaginación. ¡Qué poder tiene la música para revolver estratos solidificados, si las circunstancias le son adecuadas! Allen Ginsberg recita poemas, canta y baila en el documental que finaliza con él y Dylan en el cementerio donde está enterrado Jack Kerouak, sentados en el suelo delante de la tumba del autor de "On the Road".


2015 San Francisco bajo la mirada de Jack Kerouak
 

La primera vez que oí hablar de la generación Beat y de sus poetas, padres de la contracultura en los Estados Unidos, fue gracias a Ferran Fullà que acababa de salir de la prisión de Lleida junto con Martí Capdevila, Salvador Clotas y Manolo Vazquez Montalbán, después de cumplir condena dictada por el tribunal de orden público en el año 62 (Barcelona 1962. L'ombra dels CreixCCMA22 oct. 2014)


Los cuatro presos (documental L'ombra dels Creix)

Ferran tenía un Temps Modernes dedicado a los poetas Beat, Ginsberg, Ferlingetti, Corso, Kerouak y algún otro. California, San Francisco, la librería City Lights donde se reunían, comenzaron a serme familiares. Supimos de las manifestaciones de estudiantes contra la guerra de Vietnam, de la fundación de los Black Panthers en Oakland, los disturbios en la Convención Demócrata de Chicago. Los jóvenes americanos se ponían flores en el pelo y adoptaban la consigna “haz el amor y no la guerra”.


Símbolo de los Black Panthers

Qué queremos: los 5 puntos de los Black Panthers


En nuestro país ya habían celebrado los veinticinco años de paz franquista. En ese momento se solapaban situaciones diferentes y contradictorias en nuestras vidas, la militancia en partidos antifranquistas, el desencanto respecto a estos partidos, el convencimiento de que el franquismo no se acabaría por la lucha sino que el dictador moriría en la cama, como así fue, la rabia por las condenas a muerte y las posteriores ejecuciones, las ganas de ser felices y de divertirnos, éramos jóvenes, y las ganas de mandarlo todo a paseo.


El mundo que veíamos no nos gustaba. No nos gustaba el mundo que habían hecho nuestros padres. Salve regina mater misericordia, desde este valle de lágrimas te rogamos, arrodillados, atemorizados, acojonados. Cuando ya se captaba la sociedad del bienestar; cuando ya se habían cambiado los Biscuters por Seats 600 y éstos por Renaults y Citroëns, no estábamos dispuestos a aceptar que el mundo fuera un valle de lágrimas. Todo estaba prohibido, todo era "no" y cuando nos empezamos a preguntar ¿por qué no? fueron cayendo las prohibiciones una detrás de otra como los decorados de un teatro y no pasaba nada, entonces pensamos que todo lo que nos habían dicho era mentira.


La madre de Ferran Fullà tenía un terreno en el Guinardó, mi padre de Quintanarraya, provincia de Burgos, que había llegado a Barcelona sin dinero pero con el empuje y el optimismo de haber ganado la guerra, propuso construir una casa de pisos en ese terreno. No tenía experiencia en el mundo de la construcción y había que encontrar un arquitecto. Martí Capdevila acababa de hacer la mili con Oscar Tusquets. Tusquets y Clotet hicieron con toda libertad un proyecto insólito, experimental y fantástico. 




Casa Fullà

La construcción de esa casa fue un calvario por la falta de experiencia del constructor y de los arquitectos pero salió una casa extraordinaria, la casa Fullà. Allí fueron a vivir la gente más variada ya que los pisos laberínticos, duplex y triplex no gustaban a las familias convencionales pero sí gustaban a los jóvenes psicodélicos de aquel momento. En el barrio se conocía como la casa de los hippies y era como un castillo mágico que se llenaba de colores gracias al LSD. Cuando empezamos a habitar el edificio yo ya no era pareja de Fullà sino de Pau Maragall, brillantísimo rebelde, que con el seudónimo de Pau Malvido escribiría "Nosotros los malditos" sobre la movida contracultural de Barcelona, ​​crónicas publicadas posteriormente por Anagrama.


Con Pau nos instalamos en el 5º B de aquella casa. Al 7º acudió en Victor Jou que con Pepe Aponte se pusieron frenéticamente a idear el Zeleste, que fue la discoteca emblemática de Barcelona en los 70; al 9º B llegó Pepa Llopis que acababa de sacar al poeta y dramaturgo Joan Brossa de casa de sus tías. Brossa desde la terraza de su piso irradiaba energía creativa. Francesc Bellmunt preparaba su película Orgía. Los hermanos Clúa ensayaban con Serrat y éste cantaba tangos con Brossa. Marta Pessarrodona, poeta, lloraba la muerte de otro poeta, Gabriel Ferrater. Vicky Combalía, en el 3º F, nos hablaba del arte conceptual. Había médicos y arquitectos, todos muy jóvenes, algunos todavía sin terminar la carrera. Llegaron Tim y John, unos estudiantes estadounidenses de Illinois con la maleta cargada de LPs, Crosby, Still, Nash and Young, Grateful Dead, Jimmy Hendrix y con libros de Jerry Rubin y Abbie Hoffman, Steal this Book, y nos lo tomamos tan en serio que dejábamos el drugstore sin libros, todos robados.


Cena en casa de Pepa y Brossa, 9ºC casa Fullà

Pau Maragall, que estudiaba sociología en la nueva UAB, se hizo con un grupo de seguidores de su curso, incondicionales, Javier Ballester, Montesol, entre ellos. Bajo su dirección organizaban performances y pintaban muros con consignas de significación social.

Desde el centro del movimiento contracultural norteamericano, la Universidad de Berkeley, llegaron Luís Racionero y María José Ragué que se instalaron en el Putxet. Ragué publicó "California Dream" (Kairós) donde nos explicaba, de primera mano, qué pasaba en California. Damià Escuder, originario del Ampurdán, que había caído en la marmita de las setas alucinógenas cuando nació y ya no necesitaba nada más para ir siempre volado, con barba y pelo rojo y crespo, ejercía de gurú inteligente y sideral. Jaume Sisa y algunos otros se dejaban insultar cuando paseaban sus melenas por las calles. En Formentera Pau Riba y Mercè Pastor parían niños sin médico ni comadrona y la perra Monacabra les lamía el culito cuando se cagaban. Mientras, junto a la cisterna, grababan "Jo, la dona y el gripau" con el guitarrista Toti Soler y el madrileño Mario Pacheco, de larga melena rubia, que poco después abriría la discográfica Nuevos Medios desde donde descubrió y produjo a los nuevos flamencos, Camarón, Quetama y otros. Pepe Ribas iniciaba la aventura de Ajo Blanco, la revista ácrata que acogió a los que tenían algo que decir fuera de lo establecido. Y en la calle Comercio Nazario, un maestro de escuela llegado de Sevilla con los cómics del underground americano bajo el brazo, obtenidos en la base de Rota, hacía de madre de un grupo de aprendices de dibujante que no paraban de inventarse historietas con las que publicaron "El Rrrollo Enmascarado". Y yo iba y volvía de Afganistán y de Irán.


En este caldo de cultivo se publicaron revistas, surgieron grupos de teatro, grupos de música y cantautores memorables. Se montaron comunas, festivales de música, discotecas.


Todo esto ocurría poco antes de que muriera el dictador. Tiempo lleno de energía, de creatividad, de ilusión, de ganas de cambiar el mundo, de respeto y disfrute de la naturaleza, de recreo sin dispendio, de experimentación, de promiscuidad, de alucinaciones, de marihuana y hashish.


Muere el dictador y comienza una explosión de libertad, jornadas libertarias, mariconas al poder, drogas duras, sida. Hubo muertos. El mundo siguió su dinámica feroz de crecimiento económico. El movimiento contracultural dejó unas corrientes de pensamiento que siguen vivas entre aquellos que todavía creen que otra manera de vivir es posible y necesaria. Hoy, en plena pandemia y en el silencio del confinamiento, podemos pensar en ello.

21.10.20

Tony Wheeler y mi párrafo de "Black on Black, Iran Revisited" (Lonely Planet)



 

La editorial geoPlaneta acaba de publicar el libro

-En defensa del viaje

Por qué seguiremos viajando y por qué lo haremos de otra manera-

cuyo autor es el mítico editor Tony Wheeler.



Hace un par de semanas recibí un mensaje desde geoPlaneta por el que me reenviaban otro de Tony Wheeler, cofundador de Lonely Planet, pidiéndoles mi email porque quería contactarme. Me apresuré a escribirle directamente.

Al día siguiente recibí su mensaje.

Ana. Hace mucho tiempo desde la última vez que estuve en contacto contigo aunque me acuerdo a menudo de ti por aquel párrafo en “Black on Black” que cito a menudo como la razón perfecta por la cual los jóvenes deben viajar…

Ahora estoy confinado en Australia… pero he escrito un libro -En defensa del viaje -para geoPlaneta de España. Quería añadir tu párrafo en ese libro y geoPlaneta lo ha arreglado con tu editorial, Laertes.

Además me pedía permiso para añadirlo en inglés en un libro que se publicará en Nueva Zelanda.





"Tenía 20 años, viajaba sola, y no tuve nunca ningún problema. Había dejado atrás, por una temporada, la facultad de Física de Barcelona, con sus clases, sus prácticas y sus exámenes, para sumergirme en esa universidad permanente que es el recorrer países y conocer a sus gentes. No son solo los bosques, los mares, los ríos, los desiertos, los caminos y los amaneceres; como tampoco son los monumentos ni los museos: son los hombres y las mujeres y los niños que en esos caminos y desiertos viven, de los que se aprende. Viajar de joven es importante, se viaja ligero de equipaje y ligero de bolsillo y se tiene el corazón como una esponja. Los caminos del mundo son una escuela donde se templa el espíritu y se afianzan la tolerancia y la solidaridad. Se aprende a dar y a recibir, a mantener las puertas abiertas de la casa y del espíritu y, sobre todo, a compartir. Se aprende a disfrutar de lo poco, a valorar lo que se tiene, a ser feliz en la austeridad y a festejar la abundancia. Se aprende a escuchar y a mirar y se aprende también a querer. Los jóvenes de los países de la abundancia tendrían que dedicar un año de su vida, antes de que las obligaciones familiares o profesionales los dejen atados para siempre, a viajar por los caminos del mundo, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, con la mochila a la espalda. Perderían un año en la carrera del éxito -¡qué es un año!- pero ganarían como personas porque se les ensancharía el horizonte, muchas veces reducido a conseguir una décima más en un examen, y el mundo entero saldría ganando" (Párrafo de "Negro sobre negro" de Ana M Briongos, que aparece en "En defensa del viaje" de Tony Wheeler, páginas 58 y 60)


¿Quién es Tony Wheeler?

Tony Wheeler fue el cofundador, con su esposa Maureen, de la conocida editorial de guías de viaje Lonely Planet. Viajeros desde jóvenes, partiendo de Inglaterra atravesaron Europa y Asia y se instalaron en Melburne, Australia, donde publicaron su primer libro en 1973 Across Asia on the cheap, origen de la editorial que fundaron con el nombre de Lonely Planet. Posteriormente publicaron la guía de la India cuyo éxito les ayudó a levantar la editorial que pronto se hizo famosa en el mundo de los viajes. En 2011 la vendieron a BBC Worldwide por una suma millonaria.


Cuando se publicó mi primer libro “Negro sobre negro, Irán cuadernos de viaje” y tuvo buenas críticas en los periódicos más importantes de España, se me ocurrió preparar un dossier con todas ellas, acompañarlo con un ejemplar del libro y mandarlo a la sede de Lonely Planet en Melburne. Pronto recibí respuesta diciendo que estaban interesados en publicarlo en inglés para una nueva colección de literatura de viajes. Se publicó con el título de “Black on Black, Iran revisited” y la traducción corrió a cargo de Chris Andrews. Black on Black quedó finalista en 2001 del premio Thomas Cook de libros de viaje organizado por The Dayly Telegraph en Londres, cuna de la literatura de viajes.

Un día recibí un mensaje del mismísimo Tony Wheeler en el que me pedía permiso para utilizar un párrafo de mi libro en sus conferencias pues pensaba que era el que mejor expresaba su idea de por qué los jóvenes deben viajar. Era para mí un honor que el mítico fundador de Lonely Planet me pidiera algo que había escrito yo. El párrafo en cuestión viajaría y sería conocido por miles de personas ya que él lo repetiría en todas las charlas que daba por el mundo.

Tony todavía se acuerda de aquel párrafo, todavía me pide permiso para usarlo y eso me hace feliz.


He leído su libro. En defensa del viaje, como dice el propio autor, no es un ensayo académico sino, sencillamente, su opinión sobre el hecho de viajar, las consecuencias de la sobresaturación turística, del mal uso que hemos hecho de lo que nos ofrece el Planeta y la repercusión que puede tener en nuestro comportamiento futuro el parón al que nos ha obligado el Covid. Parón que ha hecho más evidentes situaciones que se sabían pero que no se querían ver, que ha dejado aviones en tierra, trasatlánticos varados y coches aparcados y, como consecuencia, el descenso del precio del petróleo que enriquecía a unos países con cuyos pingües beneficios han favorecido la lucha entre sunitas y chiítas en el mundo musulmán y la desestabilización de Oriente Medio. Quizá a partir de ahora no habrá tanto dinero procedente de los hidrocarburos para financiar guerras fratricidas.  También ha hecho aflorar la precaria situación de los trabajadores inmigrantes en los países del Golfo y ha puesto en evidencia el tráfico de animales salvajes y sus mercados donde esos animales vivos reciben un trato terrible para alimento de sibaritas.

 

“Nosotros, ciudadanos privilegiados del mundo desarrollado, consumimos mucha más energía -hacemos mucho más daño- que nuestros congéneres de los países en vías de desarrollo. Conocemos todas las respuestas; lo único que tenemos que hacer, sencillamente, es ponerlas en práctica” escribe Toni Wheeler.

Incluso en las ciudades hasta hace poco saturadas de turistas, como Barcelona, Amsterdam o Venecia, sólo a dos calles de los grandes monumentos que todos quieren ver, hay lugares interesantes y solitarios donde pasear y disfrutar. Buscar otras ciudades, otros paisajes, es lo que recomienda el autor.

Estas son algunas pinceladas que he recogido de las reflexiones que van surgiendo en el libro. Hay muchas más.


Los que hemos nacido con la pasión viajera, no dejaremos de viajar, aunque quizá tengamos que hacerlo de otra manera. Es imprescindible pensar en el turismo responsable y en el turismo de cercanía.


12.3.20

La última caravana, el Pamir afgano 1967-1971. Roland y Sabrina Michaud



La última caravana, Roland y Sabrina Michaud, Éditions Nevicata, noviembre 2019.

De regreso a casa desde los Estados Unidos donde he pasado dos meses y medio, me encuentro con este libro extraordinario: La dernière caravane. Pamir afghan (1967-1971) (La última caravana, el Pamir afgano, 1967-1971). Libro publicado en francés por Editions Nevicata y cuyos autores son mis admirados y queridos Roland y Sabrina Michaud, fotógrafos, viajeros, grandes conocedores del mundo islámico, de la India y de la China. Las fotografías que tomaron de un Afganistán que ya no existe, son las más bellas jamás vistas. Fueron publicadas en varios libros que se han hecho míticos entre los interesados por aquella parte del mundo.

El libro, La última caravana, me llegó enviado por sus autores, con una entrañable dedicatoria. Con noventa años Roland y algunos menos Sabrina, se han dado cuenta de que sus fotografías merecían una explicación escrita y, recuperando las notas de sus cuadernos de viaje junto con sus recuerdos de juventud, han contado sus andanzas por el Pamir, “el techo del mundo”, enrolados en una caravana de camellos que atravesaba territorios nevados y seguía el curso helado de los ríos como vía de paso para evitar los puertos de montaña bloqueados por la nieve.

Desde que albergaron el sueño de emprender ese viaje, tuvieron que esperar años para conseguir la autorización del rey de Afganistán que les permitiera entrar en aquellos territorios prohibidos y también la del jan kirguiz para poder integrarse en una caravana donde las mujeres, por tradición, no son admitidas.


Roland y Sabrina Michaud durante su travesía con la caravana kirguiz por el Pamir.

Las fotografías de aquel viaje dieron lugar al inolvidable álbum “Caravanas de Tartaria”.
He leído La última caravana en dos días, con extraordinario placer y me sentía de nuevo en el país que me acogió, Afganistán, cuando tenía veinte y pocos años y viajaba sola. Eran los mismos tiempos en que los Michaud estaban en ese país. Nunca nos encontramos allí aunque probablemente nuestros pasos se cruzaron en alguna ocasión. Cuando llegué a Kabul en el año 69-70, ya vi en la oficina de turismo algunos posters con fotografías de los Michaud. Después en el 74, cuando era alumna de la Universidad de Teherán, mi compañera afgana de habitación en la residencia de estudiantes colgó un poster con la efigie de un guapísimo malang  

(“Al recorrer Afganistán, el viajero encuentra a menudo hombres de iluminada faz: monjes mendicantes musulmanes que han renunciado a los bienes de este mundo y viven la aventura espiritual. En Afganistán los llaman malang, locos de Dios. A veces son auténticos sufis que han alcanzado las fronteras de la sabiduría y de la santidad. Cómo permanecer insensible a la mirada, a la vez intensa y modesta de este hombre con el que el fotógrafo se ha cruzado en Mazar-i-Sharif. De repente se tiene la certeza de que la faz de Cristo era clara y profunda como esta” R. Michaud)

que las dos contemplábamos a diario y lo considerábamos el hombre más guapo del mundo. Llevaba una cuerda enrollada a manera de turbante y tenía unos ojos penetrantes pintados con kool. La fotografía era de los Michaud. 


Malang. Fotografía de R. y S. Michaud.

Cuando los conocí, hace poco, durante un encuentro cultural en Andorra, saltó la chispa y fue emocionante rememorar aquellos tiempos de juventud en que vagábamos por las estepas de Asia Central y nos maravillábamos con todo lo que veíamos.

Entiendo la necesidad que sentían ellos de dejar al fin un testimonio escrito de las aventuras que nos han dado a conocer a través de sus bellísimas fotografías.

Band i Amir, en el Hindu Kush afgano. Autores R. y S. Michaud


Era necesario escribirlo y dejar constancia de una manera de viajar, de una manera de relacionarse con el otro. Había que explicar la pequeñez del ser humano en medio de un paisaje deslumbrante, extremo, gigantesco, durísimo, vacío. Los Michaud lo saben explicar y su testimonio es un homenaje a las personas que los acogieron y que les franquearon la puerta de su modo de vida austero, ancestral y con los que pudieron disfrutar de esos momentos que como un relámpago llegan en ocasiones inesperadas, quizá simplemente al compartir un trozo de pan o un te, hermanos y hermanas en medio de la inmensidad, la austeridad y la belleza.



Roland y Sabrina Michaud en Andorra (2018) con Albert Padrol y Ana M Briongos
La dernière caravane es un libro escrito por dos sabios, dos sufís, dos enamorados, dos malangs llegados a Asia desde occidente pero malangs al fin y al cabo, locos de Dios.

Poco después de escribir este artículo recibí la noticia de la muerte de Roland el 20 de mayo de 2020 a los noventa años. Descanse en paz.

Para saber más leer  Roland y Sabrina Michaud. Las mejores fotografías de Afganistán

17.9.18

Jorasanko o la historia de la casa de los Tagore y sus mujeres en Kolkata, India.







Este verano, entre julio y agosto he estado en Kolkata, India. Era época de monzón y todos los días, a intervalos, caía una intensa cortina de agua que dejaba encharcadas las calles, algunas de de las cuales se convertían en ríos caudalosos. El intenso calor húmedo hacía que la piel nunca se secara y los ventiladores volteaban permanentemente, de día y de noche.

Refugiadas en el estudio de mi amiga la escultora y ceramista Falguni Bhatt, reguardadas de la lluvia pero contemplándola caer en el patio del estudio cuyas paredes ennegrecidas por el musgo y agrietadas, alojan las raíces de plantas, incluso árboles, que crecen y florecen arrapados al muro, hablábamos de libros.
Me recomendó con vehemencia un libro que había leído hacía poco: Jorasanko, de Aruna Chakravarti. “En este libro se cuentan 200 años de historia de las mujeres de la casa de los Tagore”. 
Una historia nunca contada en profundidad pues siempre se habla de los hombres de esa poderosa familia, especialmente del laureado Rabindranath Tagore, primer Premio Nobel de Asia (1913


Rabindranath Tagore

Me empezó a interesar Tagore y su familia a partir del momento en que me instalé en Calcuta, hace años, para escribir mi libro ¡Esto es Calcuta!. La fotografía de Rabindranath aparecía por doquier, aquel personaje alto y delgado vestido con una túnica que le cubría hasta los pies, de piel oscura y larga melena y larga barba blancas, estaba presente en tiendas, en casas particulares, en calles y plazas. Sus canciones, compuso miles de ellas, se oían en la radio y las cantaban los niños en la escuela. Además, como cuento en el libro, mi madre, profundamente afectada por los terribles acontecimientos vividos durante la guerra civil española, sólo veía un resquicio de luz leyendo a Tagore en las ediciones de la época, en castellano y catalán. Por lo que ya visto desde Calcuta, se cerraba para mí un círculo tagoriano familiar.

Corrí a comprarme el libro Jorasanko que me recomendaba Falguni.
Jorasanko es el nombre de la casa familiar de los Thakur o Tagore como les llamaron los ingleses, la familia más rica y famosa de la época colonial británica. Situada en el centro antiguo de la ciudad, hoy alberga una universidad, lo que da idea de su tamaño.
Los Thakur habían llegado a la zona próxima al nuevo puerto de Calcuta desde otra región de la India pero como eran brahmanes y, por lo tanto, letrados, fueron invitados por los pescadores de la zona para hacer de intermediarios con los ingleses, los nuevos amos, con los que no había manera de entenderse. De este modo se convirtieron en los primeros estibadores y empezaron a hacer fortuna.


Dwarkanath Tagore.jpg
Dwakarnath Thakur

El más conocido de la saga Thakur fue Dwakarnath, abuelo de Rabindranath. Un riquísimo hombre de negocios que llegó a tener empresas de seguros, plantaciones de índigo, barcos, e incluso fue recibido por la reina Victoria de Inglaterra. En su casa se celebraban las fiestas más suntuosas de la ciudad de Calcuta, donde los invitados británicos comían y bebían, aunque él, estricto practicante en materia alimenticia de la tradición hinduísta, no comía nunca con ellos.
A los quince años lo casaron con Digambari, una niña de cinco y, como mandaba la tradición, ella fue a vivir desde ese mismo momento con la familia de su marido, los Thakur de Jorasanko.
Tuvieron tres hijos varones, el mayor de los cuales Debendranath, poco aficionado a los negocios se hizo predicador de una nueva secta del hinduísmo, monoteísta e iconoclasta, que había fundado un amigo de su padre ayudado financieramente por el mismo, la Brahmo Samaj.

A Debendranath lo casaron con Sarada Devi y tuvieron nueve hijos y cinco hijas. Rabindranath, el futuro premio Nobel, era de los pequeños. 

Cuando empezaron a casar a los chicos adolescentes, la casa de Jorasanko se llenó de nueras-niñas que se educaban junto con las hijas y los hijos de su edad y participaban en sus juegos. Estas niñas, ricamente vestidas, maquilladas, perfumadas y cargadas de joyas como unas preciosas muñecas, llegaban en palanquín totalmente escondidas dentro de sus cortinas. Nadie las veía hasta que estaban en el interior de la mansión de Jorasanko. Allí se les adjudicaban unas habitaciones y unos criados o criadas y crecían y se educaban como todos los niños de la familia. Correteaban por sus patios y jardines hasta que llegaban a la pubertad y accedían a la condición de esposas. Eso sí, las mujeres nunca salían de Jorasanco y si lo hacían debía ser totalmente tapadas y escondidas dentro del palanquín. Los maridos, iban y venían según lo necesitaban por sus estudios en la India o en el extranjero o porque la administración de sus extensas propiedades rurales así lo requería.


Jorasanko
En Jorasanko, como es de suponer pasaban muchas cosas. Había que saber buscarse complicidades y organizar estrategias para poder sobrevivir, sobre todo las mujeres. Había maridos buenos y maridos malos. Incluso los había con problemas mentales y reales maltratadores. Pero las esposas habían sido educadas desde su más tierna infancia con la idea de que su destino era el de servir incondicionalmente al marido, sin una queja, pasase lo que pasase. Así que una de las jóvenes esposas empezó a aparecer frecuentemente con heridas y moratones. Siempre daba una excusa como explicación, y nadie se atrevía a rechistar porque el padre-gurú de la familia no quería aceptar que un hijo suyo fuera un maltratador, hasta que un día el marido le dio una paliza de tal envergadura que la dejó tendida, inconsciente y cubierta de sangre en uno de los pasillos de la casa donde fue encontrada por otra nuera y su marido al día siguiente. El marido maltratador fue finalmente internado en un centro para dementes pero volvía de vez en cuando con la convicción general de que estaba curado y se metía en la habitación de su joven esposa que lo recibía aterrorizada pues presentía lo que iba a ocurrir, que por cierto, no tardaba en ocurrir.

En Calcuta, entonces capital del Imperio Británico en la India, estamos hablando del siglo XIX, se estaba produciendo una verdadera revolución cultural y social debido a la hibridación entre la cultura, las ideas y las costumbres de Inglaterra y de la India. Aparecieron poetas, novelistas, dramaturgos, músicos, pedagogos y reformadores sociales y religiosos entre las élites indias que estaban en contacto con los británicos, sus gobernantes. La ciudad bullía. En Jorasanko se publicaban revistas, se representaban obras de teatro escritas por algún miembro de la familia, en que los actores eran ellos mismos, al principio solo actuaban los hombres que también representaban los papeles de mujer, hasta que las mujeres reivindicaron su derecho a actuar y lo consiguieron. También había conciertos y exposiciones de arte pues entre los chicos Thakur había buenos músicos y excelentes pintores. Las mujeres que vivían inmersas en este ambiente artístico y cultural empezaron a escribir e incluso alguna se hizo cargo durante años de la publicación de las revistas que allí se producían. Las que habían llegado niñas a Jorasanko habían ido creciendo y habían adquirido cada una su personalidad de jóvenes adultas, algunas con la determinación de introducir cambios en la estructura férrea de la familia. Una de ellas, Genu, esposa de Satyendranath, llegó a convencer a su marido para acompañarlo cuando fuera destinado como funcionario británico a otra ciudad de la India e incluso se desplazó a Inglaterra antes que él y preparó todo lo necesario para poder vivir en aquel país cuando él llegara. Los tiempos estaban cambiando.


Rabindranath Tagore
Kadambari
Mientras tanto en Jorasanko se desarrollaba una trágica historia de amor entre Rabindranath y su compañera de juegos y amiga desde la infancia, su cuñada Kadambari. Ella era la que leía sus primeros escritos y le animaba a seguir adelante con su vocación de escritor. Años después, en 1913, él recibiría el premio Nobel de literatura.

Pero, queridos lectores, no voy a contarles más. Lean este libro interesantísimo y vean Charulata, la magnífica película del oscarizado director bengalí Satyajit Ray, para saber qué ocurrió.

La autora de este libro Aruna Chacravarti es una profesora universitaria jubilada, investigadora, escritora y traductora, galardonada con prestigiosos premios.






28.5.18

Roland y Sabrina Michaud. Las mejores fotografías de Afganistán


Portada del libro de Roland y Sabrina Michaud publicado en 1970 por Hachette.
Hace dos semanas conocí personalmente a Roland y Sabrina Michaud. Fue en Andorra durante unas conferencias sobre la India que tuvieron lugar en un pueblo rodeado de picos nevados, Ordino.

La presencia del matrimonio Michaud en mi vida comenzó casi con mis viajes a Oriente, hace 50 años. 

Cuando llegué a Kabul, después de haber vivido un tiempo en Kandahar, en mi libro “Un invierno en Kandahar” hablo de ello, vi en la oficina de turismo unos pósters colgados de la pared con unas fotos maravillosas. Fotografías de hombres, mujeres y niños de Afganistán, de una belleza y una dignidad impresionantes. Aquellos pósters se vendían pero yo no pensé nunca en comprar uno ya que si bien era rica en tiempo por aquel entonces, sin embargo el dinero era escaso y había que administrarlo con mucha prudencia.


Los Michaud con Albert Padrol y Ana M Briongos en Ordino, Andorra.  Mayo 2018.
Unos años más tarde, en 1974, ya instalada en la residencia de estudiantes de la Universidad de Teherán donde estudiaba, llegó para compartir conmigo la habitación una estudiante afgana de Kabul, Homa Tarzi. Lo primero que hizo al llegar fue pegar en la pared una fotografía de su madre recién fallecida y después un póster con la cara de un hombre, un afgano muy bello que llevaba a manera de turbante enrollada una cuerda. Lo reconocí al instante como uno de los personajes de los pósters de la oficina de turismo de Kabul. Aquel hombre nos miraba fijamente. De día y de noche. Le llamábamos, el malang de Paghmán. Para nosotras era el hombre ideal.

El malang de Paghmán. Foto Michaud.
El viajero que recorre Afganistán, encuentra a menudo hombres de rostro iluminado, monjes mendicantes musulmanes que han renunciado a los bienes de este mundo y viven la aventura espiritual. Los llaman en Afganistán malang, o locos de Dios. A veces se trata de auténticos sufíes  que han alcanzado las fronteras de la sabiduría y de la santidad. Cómo puede uno permanecer insensible  a la mirada  a la vez intensa y modesta de este hombre. De repente se tiene la certeza  de que  el rostro de Cristo era claro y profundo como este (Afghanistan, Roland and Sabrina Michaud). Paghman es un pueblo cercano a Kabul lleno de jardines, árboles frutales y riachuelos donde los ricos de la capital tenían sus casas de veraneo.
Los lagos de Band i amir en el Hindu Kush afgano. Foto Michaud.
En primavera de este mismo año llegaron mis padres a Teherán para visitarme y luego volaron a Kabul, invitados por la familia del Wali y Jamila Youssof, que me había acogido y donde yo residía cuando estaba en Kabul, y a su hijo Walid, que había pasado un año en Barcelona viviendo con mis padres. Al despedirlos les regalaron dos cosas, un plato de porcelana china, propiedad de la familia que todavía conservo y un libro muy usado de fotografías de Afganistán donde ¡oh sorpresa! estaban las imágenes de los pósters y, entre ellas, el malang de Paghmán. Entonces supe que sus autores eran Roland y Sabrina Michaud.

Cuando supe que participaría en una conferencia en que ellos eran los actores principales, busqué el libro para enseñárselo. Se trata del primer libro que publicaron, una edición de 1970.

Mi participación en esa conferencia consistió en explicar lo que acabo de contar. Después saqué el libro y mostré la foto del malang de Paghmán a mis contertulios y a la sala repleta de gente. Roland se emocionó. 

Buzkashi, el deporte nacional de Afganistán. Foto Michaud.
Cuando escribí “Un invierno en Kandahar” pensé que la portada debía tener una fotografía de los Michaud. Lo intenté. Pero se  publicó la primera edición en Ediciones B, la edición de bolsillo, la edición digital, la edición en inglés y, recientemente, la edición de Laertes y todavía no lo he conseguido. Los Michaud no tienen correo electrónico, ni teléfono móvil, ni página Web. Además viajan constantemente. Lo intenté, les mandé cartas, no hubo respuesta. Encontré la copia de una de las cartas que les había mandado y se la entregué a Roland para que quedara constancia. Nos reímos. Los Michaud son de otro mundo.

Roland y Sabrina Michaud han publicado muchos libros, en ellos les gusta encarar a modo de espejo una miniatura antigua con una de sus fotografías cuyo tema resulta sorprendentemente parecido, lo llaman miroirs (espejos en francés)


Finalizada la charla me dedicaron el libro. He aquí la dedicatoria que transcribo traducida:

Para Ana Maria a la que conocemos desde siempre, como recuerdo de nuestro encuentro “extraordinario” en Andorra (se trata de un milagro, de magia, como en un cuento de las mil y una noches). 
Mi emoción es inmensa. 
Gracias por existir. 
Gracias por este espejo, de corazón a corazón. 
Sabrina y Roland, 
Ordino, 10/V/2018.

La primera fotografía muestra la portada del libro de Roland y Sabrina Michaud "Afghanistan" de la colección "Rêves et Rêalités" publicado en 1970 por Hachette. Las fotografías pertenecen a este libro.

Interesante artículo publicado en The Guardiam con fotografías:

11.3.18

Reedición de mis libros y 50 años de vida viajera.







Para celebrar la reedición de mis libros, todos ahora en Laertes y los cincuenta años desde que salí por primera vez rumbo a Asia (1968) y me instalé en Kandahar, organizo un encuentro. Y ¿dónde mejor que en la librería Altaïr de Barcelona? 

Será una celebración para amigos viajeros, amigos lectores y almas inquietas y curiosas. También será un homenaje a los protagonistas de mis libros, de Afganistán, Irán, la India o Bangladesh que siguen, después de tantos años, siendo mis amigos y una reflexión sobre los cambios tan radicales que han sufrido sus países.

Como mis libros hablan de personas reales con los que he entablado lazos de profunda amistad y a los que he seguido viendo a lo largo de los años a pesar de las sacudidas que les ha dado la vida a causa de lo que ha ocurrido en sus países, me gustará explicar qué ha sido de ellos y mostrar sus retratos para que los lectores puedan poner caras a las historia vitales que cuento.

Fecha: el jueves 15 de marzo. Lugar: Librería Altaïr, Barcelona. Hora: 19h.

Pasaré fotos, contaré aventuras y conversaré con Jordi Esteva, fotógrafo, escritor y viajero, que ha aceptado subir al estrado y sentarse a mi lado.


Sorpresa: En esta antología de literatura de viajes publicada en Inglaterra en 2017, aparece mi libro “Black o Black” (Lonely Planet) y mi nombre entre los grandes: Nicolas Bouvier (The Way of the World), Joseph Conrad (Heart of Darknes), Henry Miller (The Colossus of Maroussi), Paul Bowles (Without Stopping), Bruce Chadwin (In Patagonia), Mary Kingsley (Travels in West Africa), Devla Murphy (Full Tilt), Ana Briongos (Black on Black)...





11.2.18

Afganistán, el reino perdido. Memorias de un príncipe afgano.The Lost Kingdom. Memoir of an Afghan Prince.








Acabo de leer las memorias recién aparecidas del que se firma H.R.H. Prince Ali Seraj of Afghanistan. Cuando supe, a través de Facebook, que Ali Seraj estaba escribiendo sus memorias estuve a la expectativa para ver qué contaba, pues sus memorias están ligadas a mis vivencias en Afganistán y sabía que algunos personajes de mi libro “Un invierno en Kandahar”, entre ellos él mismo, aparecerían en su libro. Yo había vivido durante un verano en su apartamento de Kabul,  lo había encontrado cada vez que viajaba a Afganistán, conocía a su novia americana que después ha sido su esposa y a su hermano Abdullah con quien todavía me escribo y a muchos de sus primos y primas, todos pertenecientes a la familia real.


La portada y la contraportada de The Lost Kingdom ya nos anticipan, junto con el título, de qué trata el libro. En la portada hay la foto del palacio del rey en sus épocas de esplendor y en la contraportada vemos el mismo palacio casi en ruinas, como está hoy en día. Ali cuenta cómo era Kabul en los años setenta cuando regentaba unos bares-discoteca de moda, cómo llegaron al poder los comunistas y, con ellos, la invasión soviética, cómo salió de su país y cómo siguió desde Estados Unidos los acontecimientos que iban ocurriendo en su tierra, la guerra civil, los talibanes y los atentados de las Torres Gemelas en New York con la consecuente intervención americana y la expulsión de los talibanes. En total veintitrés años fuera de su país. Después su regreso ya con el nuevo gobierno.

Para los que habéis leído “Un invierno en Kandahar” os sonará lo que voy a comentar. A los que no lo habéis leído quizá después de este escrito os entran ganas de leerlo.


Nueva edición en español de Laertes
Edición en inglés de Trotamundas Press


"Un invierno en Kandahar" es quizá mi libro preferido pues en él cuento el origen, hace 50 años (1968-2018), de mis andanzas por Afganistán, Irán e India y, en fin, de mi vida viajera. En la segunda parte que subtitulo “Canción de cuna para un aventurero muerto”, hay dos personajes principales, un francés, Pierre Descombes y un afgano, Fereidún. Los dos nombres son ficticios pero las personas existían de verdad. El francés se llamaba en realidad Gerard Lefevre y sobre él escribe Ali Seraj en sus memorias y la descripción que hace es totalmente distinta a la que hago yo. Fereidún era el amigo afgano de Gerard, que no sale en el libro de Ali con nombre pero sí como referencia.

Gerard, marcado desde su desdichada infancia en Lyon, era un personaje maldito, que llegó a Afganistán y allí desarrolló un desesperado deseo de hacerse rico y afgano, o afgano y rico, pero además quería llegar a ser respetado como afgano por los mismos afganos, cosa por otra parte harto difícil. Gerard era muy guapo y en el Afganistán cosmopolita de los años setenta, ser guapo era un punto a favor muy importante. Cuando llegó a Kabul ya hablaba, a parte de francés, inglés y español a la perfección y casi sin acento pues tenía una facilidad extraordinaria para las lenguas. En Kabul aprendió dari, variedad del persa que se habla en Afganistán, y lo hablaba tan bien, tan igual que los trabajadores del bazar, que sorprendía a los mismos afganos de la élite de la capital con los que él se codeaba y al lado de los que quería instalarse. Se convirtió al islam en una ceremonia cuya noticia apareció incluso en los periódicos y cambió su nombre de pila francés por Abdullah. Para prosperar en los negocios, no tenía recursos pero era muy trabajador, debía hacerlo asociado a un afgano, por ley. Y se asoció con Ali Seraj, el de las memorias, el príncipe Ali Seraj, que acababa de regresar a su país desde los EEUU donde había estudiado. 

HRM Prince Ali Seraj of Afghanistan
Ali llegaba pisando fuerte y era un hombre joven de gran envergadura y aspecto casi fiero. Quería abrir negocios modernos en un país tan atrasado como el suyo pero que tenían cabida y serían bien recibidos en Kabul por la burbuja de extranjeros de las embajadas, los militares norteamericanos, y la élite de afganos cultos y occidentalizados que se movía alrededor de la corte. Así se abrió el “Twenty five”, un bar de copas y restaurante con pista de baile donde acudía la flor y la nata de Kabul. Ali era el dueño que ejercía con su presencia y su pedigree como tal y Abdullah o Gerard era el currante, guapo, elegante y encantador y, mira por dónde, exótico entre la élite afgana.
Y no cuento más porque hay que leer el libro “Un invierno en Kandahar”, pero esta historia se acabó como el rosario de la aurora y lo cuento yo y lo cuenta Ali pero con versiones muy distintas. 


Rey Abdurrahman Khan 1880/1901
bisabuelo de Ali
Estamos hablando de un Afganistán a finales de los 60 y en los 70, en plena guerra fría, situado geográficamente en un lugar estratégico con frontera con la URSS y con China, Pakistán e Irán, donde se cocinaban estrategias entre los bloques. Decían que era un nido de espías y los afganos estaban obsesionados con los espías, veían espías por todas partes.



El abuelo de Ali, rey Habibullah Khan.
1901/1919
Para Ali Gerard fue simplemente un espía traidor al que hizo expulsar del país.

Para mí y para algunos afganos, entre ellos Fereidún, fue mucho más o mucho menos que eso. Fue un aventurero, eso sí lo fue. Un aventurero loco y desesperado que luchaba como un titán, solo, para conseguir su utopía personal. Jugó con fuego. Fue un buen amigo y lo demostró cuando hizo falta, y su historia personal fue extraordinaria y tremenda más allá de si en algún momento pudo meterse en líos de espías.

Gerard-Abdullah está muerto y Ali en el exilio, dorado, pero exilio. Y Afganistán es un país destrozado por la guerra donde se enriquecen los fabricantes de armas: Un reino perdido. A Lost Kingdom.


Las memorias de Ali Seraj son interesantes para aquellos que quieran saber cómo ha vivido los tremendos acontecimientos que han sacudido a su país un nieto y biznieto de reyes, poderoso y pagado de sí mismo y con pasaporte americano que pertenece a una élite culta y moderna cuyas mujeres, en los años 60 y 70 estudiaban, hablaban idiomas y no  iban cubiertas, en un país atrasado, patriarcal, muy conservador y religioso, de mujeres con burka.