BLOG DE ANA M. BRIONGOS


22.8.15

Imágenes mashadianas (de Mashad en Irán)




Retomo estas notas de uno de mis viajes al Irán posrevolucionario.

Mausoleo del emam Rezá en Mashad

Estamos en casa de mi amiga Sahar, una casa con dos plantas y jardín. La típica casa iraní cuyo jardín al frente se cierra con un muro alto y una puerta metálica grande que da a la calle. Mi amiga pertenece a una familia tradicional de comerciantes. Ella y su familia ocupan la planta superior y su hermana y los suyos, la planta baja. Soy amiga de la familia desde hace años, nos conocemos bien y nos queremos.

Durante la mañana estamos solas en casa pues los maridos, el hermano y los hijos mayores se van a trabajar. Desayunamos y nos movemos por las habitaciones, vestidas como lo haríamos en cualquier lugar, sin restricciones. Bajamos a charlar con la hermana y la ayudamos a cocinar. Se acerca la hora de comer y suena la campanilla de la entrada avisando que se ha abierto la puerta metálica del jardín. Sin inmutarse, mi amiga se pone el pañuelo que saca del bolsillo. Es el marido de su hermana el que ha llegado. Vuelve a sonar la campanilla. La hermana de mi amiga se pone el pañuelo. Entra el suegro de ambas, que no vive en la casa pero debe tener llave. No sé cómo distinguen quién es el que llega pero lo saben, quizá hay un código en el campanilleo. En las casas antiguas iraníes las puertas son de madera y tienen dos picaportes de formas diferentes y que suenan distinto. Uno es el de los hombres y el otro de las mujeres. Así desde dentro se sabe el sexo del que llama y las mujeres se cubren o no.


Complejo religioso del Astan-e-Quods, Mashad

Campanillea más veces, van llegando el marido de Sahar, luego el marido de la hermana y más tarde el hermano de las dos. Ellas ya van cubiertas y yo estoy liberada por ser extranjera. Todos estamos sentados sobre la alfombra del comedor-cocina donde se ha dispuesto el mantel. Son gente amable y alegre que incluso me cuentan chistes sobre mullahs, algo por otro lado nada infrecuente en el Irán de hoy. El hermano, un joven de unos treinta años, soltero, que viste vaqueros, se quita la camisa y se queda con una camiseta imperio negra muy escotada y apretada como de levantador de pesos. Deja ver unos brazos moldeados por horas de gimnasio y un cuerpo perfectamente esculpido. Lo tengo enfrente y no me atrevo ni a mirarlo. Lo conocía de jovencito y este cambio me ha sorprendido. Su presencia de esa guisa me parece un escándalo en medio de tanto recato, y no solo femenino pues el marido y el suegro visten pantalón ancho y camisa de manga larga abrochada hasta el cuello. La verdad es que el chico está como un tren. Le pregunto si acude a la zurjané, literalmente “casa de fuerza” o gimnasio tradicional persa donde al son de un tambor y al canto de poemas religiosos, hombres de todas las edades realizan ejercicios con la ayuda de grandes mazas de madera. Me responde casi ofendido que a él esas cosas no le gustan, que va a un gimnasio moderno. Al cabo de un rato me pide si le haría el favor de escribir una carta de invitación para sacarse el visado pues su mayor ilusión es viajar a Europa. A eso estoy acostumbrada pues a los jóvenes iraníes ningún país europeo les da visado con facilidad, y hoy en día ni siquiera una carta de invitación de un anfitrión solvente es suficiente. Ellos quieren ver mundo, igual que nosotros.



La comida es deliciosa, como siempre en un hogar iraní. Arroz con azafrán, estofado de carne con lentejas, yogur con pepino, ensalada, berenjenas y más. Una mesa iraní sin carne es casi inconcebible, por eso lo de vegetarianismo no va mucho con ellos. Yo acostumbro a cocinar  paella cuando vienen extranjeros a mi casa porque todos en mi familia aseguran que me sale muy bien y me parece que les gustará conocer nuestra especialidad. Todos lo celebran menos los iraníes. La hago con abundancia de sepia, mejillones, gambas y cigalas, en fin, para quedar bien. Pues en esta casa de mis amigos de Mashad, siempre que voy, se ríen conmigo cada vez que la madre cuenta lo que les dimos de comer cuando estuvieron en Barcelona: solo ensalada, arroz con gambas, y ¡las gambas con cabeza!
Además, cuando vienen a mi casa, me encuentro con el problema del halal. Si se trata de familias tradicionales siempre sale el comentario entre ellos de si lo que se les ofrece es halal, por educación a mí no me lo preguntan directamente, pero he llegado a la conclusión que eso es una pose (ojo, estoy hablando de iraníes que no son árabes, no confundir), es simplemente algo que se preguntan y la respuesta poco importa porque hay lo que hay y está muy apetecible. Ahora ya sé que tengo que ofrecer platos con carne en abundancia aunque la carne en mi casa no sea halal.

Por la tarde llegan la abuela y las tías enfundadas en sus negros chadores que no se quitan durante toda la tertulia. La conversación se centra en la excursión que están preparando para visitar el centro de peregrinación chií de Najaf en Irak. Viajarán ellas solas en un viaje organizado. La familia las apoya y ellas están muy contentas. El turismo religioso de mujeres en Irán está en auge.


A última hora entra un pariente que acaba de llegar de La Meca con regalos para todos, collares de perlas del Golfo, pañuelos, rosarios bendecidos, etc. Me cuentan que hay unos cupos para ir a cumplir con el hajj, la obligación que tiene todo musulmán de acudir una vez en la vida a los lugares santos de La Meca. Hay muchas más peticiones que plazas disponibles y además todo el pack de viaje resulta muy costoso. Este hombre, que es cocinero, se enroló como tal. Su trabajo estaba bien remunerado. Cuenta que los iraníes tienen en La Meca unas cocinas muy grandes donde se preparan platos a todas horas que luego se distribuyen por los hoteles donde se acostumbran a alojar. Hay cientos de cocineros porque hay miles de peregrinos iraníes. Desayuno, comida y cena iraní van incluidos en el pack. Está encantado con su aventura, ha cumplido y además ha vuelto con un buen ahorro.

Escaparate en Mashad, cuadros hechos con la técnica del anudado de alfombras.
Cuando se han marchado salimos a pasear. Las calles principales están animadas. Hay un mercadillo callejero con los objetos a la venta en el suelo a ambos lados de la acera. En una de las paradas veo en exposición crucifijos de dos palmos pintados de negro, la cruz y el crucificado, cuando me fijo más me doy cuenta de que en una de las hileras el cuerpo crucificado es de mujer, también pintada de negro, con los pechos al aire y un lienzo en la cintura. Me sorprende tanto que incluso me da apuro comentarlo con Sahar, ella ni los ve. No me atrevo a parar para tomar una fotografía, no porque pase nada sino porque me quedo de piedra. Pasado el tiempo, esta imagen me viene a veces a la cabeza y  he llegado a preguntarme si no fue un sueño, pero no lo fue, os aseguro que lo vi y que me dejó un sabor extraño de boca por llevar siglos de cultura cristiana a mis hombros. Los iraníes ni se fijaban. Si hubiera sido una imagen de Mahoma el representado de forma irreverente en un mercadillo occidental, habrían hecho una guerra.

Mashad siempre me sorprende. Es la gran ciudad iraní más cercana a Afganistán y alberga un gran complejo religioso, Astan-e-Qods, que incluye el mausoleo del emam Rezá, el octavo emam chií, un museo, centros de enseñanza, bibliotecas, cementerios, un centro de investigación agrícola y muchas tierras de cultivo, fértiles y productivas.  Cada año recibe varios millones de peregrinos.

2 comentarios:

Styrous® dijo...

A beautiful entry. Thank you for sharing this beautiful experience.

Ana Briongos dijo...

Thank you Max