BLOG DE ANA M. BRIONGOS


3.8.11

Rabindranath Tagore, 150 aniversario, Año Tagore





Para conmemorar el 150 aniversario del nacimiento del escritor y pedagogo indio, Rabindranath Tagore, se ha editado en España un sobre y un sello de correos.



Rabindranath Tagore, 1861-1941, escritor, dramaturgo y poeta, pintor, pedagogo y compositor, recibió el Premio Nobel de literatura en 1917. Dedicó su fortuna a las escuelas y la universidad que fundó en Santiniketán, cerca de Calcuta.


En la foto, Tagore en Syamali, la casa de adobe, su preferida.

Construiré de barro el hogar de mis últimos días
y lo llamaré Syamali.
Cuando se desmorone
será como si se durmiera la tierra sobre el regazo de la tierra,
no quedarán pilares rotos
que eleven sus quejas contra ella
ni muros partidos con las costillas al aire
que alojen fantasmas de tiempos pasados.

Tagore es probablemente el personaje más venerado en Bengala, tanto en el estado de Bengala Occidental, perteneciente a la India, como en Bangladesh. Su obra, poesía, novelas, relatos cortos y ensayos, se sigue leyendo allí y sus canciones forman parte del saber popular y se cantan en escuelas, universidades y reuniones familiares.

Rabindranath Tagore era el hijo menor de Debendranath Tagore un líder del Brahmo, nueva secta religiosa que surgió en el siglo XIX en Bengala con la intención de reformar el hinduísmo y recuperar la base monista del mismo, como se establece en los Upanishads. Fue educado en casa y aunque a los diecisiete años lo enviaron a Inglaterra para recibir una educación formal, no llegó a terminar allí sus estudios. Además de su multifacética actividad literaria, se ocupó de administrar las tierras de la familia, en la actualidad situadas en Bangladesh, con lo que se acercó a la gente común y aumentó su interés por las reformas sociales. Fundó unas escuelas experimentales en Santiniketan donde puso en práctica los ideales de una educación naturalista muy cercana a las corrientes krausistas de Alemania y la Institución Libre de Enseñanza de España. Participó en el movimiento nacionalista indio, aunque a su manera puesto que no era ni un sentimental ni un visionario, y Gandhi, padre político de la India moderna, fue su amigo a pesar de que tenían puntos de vista diferentes. Tagore fue nombrado caballero por el Gobierno británico en el poder en 1915, pero al cabo de unos años renunció a ese honor en protesta contra la política británica en la India.


Aunque nacido en una familia hinduísta siempre se consideró el producto de "una confluencia de tres culturas: la hindú, la musulamana, y la británica". Su abuelo, un rico babú de Calcuta que había progresado haciendo negocios con los británicos, hablaba árabe y persa, y Rabindranath creció en un entorno donde se estudiaba el sánscrito, la literatura persa y las tradiciones islámicas.



Zenobia Camprubí, esposa del poeta español Juan Ramón Jiménez, tradujo las  obras de Tagore al castellano y el matrimonio contribuyó en gran manera a la popularidad de que gozó en España durante la primera mitad del siglo XX.

Amartya Sen, bengalí como Tagore y premio Nobel de Economía, ha escrito un interesantísimo trabajo sobre él cuyo enlace encontraréis aquí.
A continuación inserto lo que escribí cuando pasé una temporada en Santiniketan en 2003.

Puedo imaginar lo que fue Santiniketan en vida del poeta, cuando miro a mi alrededor, sentada bajo la sombra del gran baniano que se encuentra en el recinto de la universidad Vishvabarati. Grandes árboles de extensas copas protegen del sol de julio a quien bajo ellos se cobija. Más allá zonas de pradera, alguna laguna, grupos de palmeras. Puedo imaginar lo que sentía Rabindranath Tagore cuando en 1901 llegó desde la ciudad, Calcuta, dispuesto a poner en marcha una escuela para niños que estuviera en armonía con la naturaleza, convencido de que la educación no debe ser una tortura sino una alegría. Instalado en las tierras donde su padre tenía un ashram,  empezó su labor pedagógica debiendo superar dificultades económicas además de la reticencia de los campesinos y la suspicacia de los burócratas, a causa de la mala reputación que tienen los poetas como él mismo decía. Pero, “Cuando dejé la lucha por obtener resultados, en la ambición de beneficiar a los otros, y fui en busca de mis necesidades más profundas, cuando sentí que vivir la propia vida en plenitud, es vivir la vida de todo el mundo, entonces, la inquieta atmósfera de la lucha externa se disipó y el poder de la creación espontánea encontró su camino hacia el centro de todas las cosas”.

Intento aislarme del ruido de la calle para oír las voces de los niños que a la sombra de los mangos y de los bokules en flor siguen sus clases. Aunque las escuelas y la universidad siguen funcionando, ahora a cargo del Estado, muchas cosas han cambiado en Santiniketan desde que falleciera el poeta. Maestros y profesores forman parte, hoy, de la gran masa funcionarial que vive a la sombra del Estado indio. Alrededor de las villas que se hicieron construir las familias de la burguesía ilustrada de Calcuta que apoyaron en su momento la idea de Tagore, se construyen nuevas casas, nuevos hoteles. Santiniketan está de moda para un tipo especial de viajeros, tanto indios como extranjeros, aquellos que buscan un ambiente de paz, de cultura, de amor a la naturaleza, de reconocimiento al trabajo de los campesinos y de admiración por sus artistas y sus artesanos. También de aquellos que quieren sentir de cerca la impronta de su poeta más famoso y primer premio Nobel de Asia, el escritor más internacional de la India, un hombre polifacético, entusiasta, espiritual, trabajador incansable, inmune al desaliento, Rabindranath Tagore.

El gran baniano que me cobija cuyo tronco, custodiado por hileras de raíces que penden de las ramas, no alcanzan abarcar cuatro personas con los brazos extendidos, se ha llenado de pájaros. Mis compañeros y compañeras de sombra se interesan por mi procedencia, yo por la suya. Entablamos una conversación que puede durar horas y quizá sea el origen de una amistad duradera. Después saldré del recinto y pasaré un rato descubriendo libros extraordinarios, nuevos y viejos, algunos comidos por las polillas o descoloridos por las aguas, entre las estanterías de la librería del pueblo. Saldré cargada de cuentos ilustrados, escritos en bengalí, cuyas palabras no entenderé nunca y, antes de que anochezca, en un rickshow de bicicleta, volveré a la casa donde me alojo para compartir con mis anfitriones la puesta de sol.


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