BLOG DE ANA M. BRIONGOS


19.2.13

El Asian Art Museum de San Francisco, la liebre y mi netsuke






Hace unos días pasé horas paseando por el Asian Art Museum de San Francisco. Iba sola. No tenía otros planes hasta media tarde. No tenía a nadie con quien comentar. Sola recorriendo sin prisa las salas, deteniéndome a observar pieza por pieza, leyendo la información que ofrece el museo, sentándome en los sofás que en el camino me ofrecían descanso y libros ilustrados para consultar. Mirando por las ventanas lo que dejaban ver, desde lo alto, de la ciudad. Fijándome en los espacios, y en la arquitectura resultado de la reforma realizada por Gae Aulenti, la misma arquitecta que reformó el Quai D’Orsay en París o el Palau Nacional, hoy MNAC, en Barcelona. Rodeada de cosas hermosas, obra de artistas de todos los tiempos y de tantos lugares diferentes, y disfrutarlas, ajena a todo lo demás, como si nada más existiera. ¿Se le puede llamar a esto felicidad? Creo que sí.

Este museo tiene su origen en la donación, en 1959, por el empresario Avery Brundage de parte de su colección a la ciudad de San Francisco. Años más tarde donó el resto de su colección. Al principio se expuso en un ala del de Young Museum en Golden Gate Park. En 1987 la ciudad ofreció el Civic Center para albergar la enorme coleccion. En 1995 el emprendedor de Silicon Valley, Chong-Moon Lee, regaló 15 millones de dólares al nuevo museo y un millón más para constituir la sección dedicada a Corea. Hoy en día muchos ciudadanos de origen asiático residentes en California hacen donaciones o regalan joyas u objetos de arte al museo en memoria de sus seres queridos ya fallecidos. Téngase en cuenta las extensísimas comunidades de chinos y japoneses que viven en California desde hace generaciones y esta es una manera de aportar y tener cerca parte de su cultura y de su historia.




Lo que más me gustó en esta ocasión fue encontrarme con la vitrina de los netsukes pues había leído hacía poco el extraordinario libro “La liebre con ojos de ámbar” de Edmund de Waal. Como muy bien resume la reseña de El Acantilado, más de doscientas figuritas de madera y marfil, así son los netsukes, ninguna de ellas mayor que una caja de cerillas, son el origen de este fascinante libro en el que Edmund de Waal describe el viaje que han hecho a lo largo de los años. Un viaje lleno de aventuras, de guerra, de amor y de pérdida, que resume, en la historia de una familia, la historia de Europa en los siglos XIX y XX. Un texto evocativo y de gran belleza que comienza con una pequeña liebre de ojos de ámbar que se mezcla en un bolsillo con las monedas, y que pasando por Paris, Viena, Odessa, Nueva York y Tokio termina, como todo auténtico viaje, con el descubrimiento de uno mismo.



                              
Los netsukes son pequeñas esculturas que caben en la palma de la mano, originarias de Japón. Servían para cerrar las bolsitas que llevaban los hombres atadas a sus kimonos, donde guardaban sus monedas, el tabaco, las medicinas. Son verdaderas obras de arte, algunas realizadas por importantes artesanos y fueron codiciados objetos de colección cuando en Europa llegó la fiebre del orientalismo a principios del S. XX.


Pues mi historia no acaba en el museo. Acaba en la isla de Alameda, en la Bahía de San Francisco. Los domingos por la mañana se organizan allí unos encantes donde se puede encontrar de todo. En un pedazo de tierra de muchos metros cuadrados, rodeada de agua, con grúas, contenedores y cargueros en el flanco derecho y la silueta de San Francisco al fondo con sus puentes, cientos de tenderetes ofrecen cacharros de segunda mano. En uno de ellos, entre dedales, botones, peines y pendientes, encontré la figurita de un pequeño chino cabezón sentado en un taburete. No era de marfil, era de madera. También hay netsukes de madera. No debía ser gran cosa, pensé, pues valía pocos dólares. Me lo compré. Cabía en mi mano, no tenía aristas. Dentro del bolsillo de mi abrigo tintineaba junto a las monedas. Al cabo de un rato, de tanto tocarlo, había adquirido el calor de mi cuerpo. ¿Es un netsuke auténtico? No lo creo. Pero es mi netsuke.